La IA y el riesgo de dejar de pensar
Eric Angermair
La IA amplifica el criterio del experto, pero no lo crea de cero. El impuesto de verificación, la descarga cognitiva y el valor de pensar por uno mismo.
Este artículo se publicó originalmente, en catalán, en El Periòdic d'Andorra el 2 de julio de 2026. Léelo en el diario.
El riesgo del que poco se habla
En los últimos meses hemos defendido en esta columna que la inteligencia artificial es accesible, útil y que cualquier pyme puede empezar a usarla sin necesidad de ser ingeniero. Lo mantenemos. Pero hoy toca hablar de algo que pocas veces sale en las presentaciones comerciales y que vemos cada vez con más frecuencia: el riesgo de dejar de pensar.
No es una exageración. Un estudio reciente de Adaptavist, hecho entre 2.500 profesionales de varios países, España incluida, revela que uno de cada cuatro trabajadores cualificados se plantea cambiar de sector por el impacto de la IA. No porque la tecnología no funcione, sino porque no saben qué papel les queda. Y, al mismo tiempo, el 56% reconoce sentir nostalgia de cómo se trabajaba antes de su irrupción. No es tecnofobia. Es desorientación.
Cuando revisar cuesta más que hacer
Hay un dato del estudio que merece especial atención. El 71% de los trabajadores reconoce que la IA le hace más eficiente. Pero el 38% asegura que dedica más tiempo a revisar lo que genera la IA del que se ahorra usándola. Adaptavist lo llama el impuesto de verificación, y es un fenómeno que vemos cada semana en empresas de todo tipo: la IA genera un borrador en treinta segundos, pero después alguien tiene que comprobar que los datos sean correctos, que el tono encaje con la marca y que el contenido tenga sentido en su contexto. Si ese alguien no tiene el conocimiento para hacerlo, el borrador se publica tal cual. Y ahí es donde empiezan los problemas.
El filósofo José Carlos Ruiz lo ha expresado con una claridad que impone: «Hay una posibilidad real de un nuevo analfabetismo, y es no saber pensar sin delegar en la IA». Lo ha bautizado, junto con Byung-Chul Han, como descarga cognitiva: el proceso por el que trasladamos a una herramienta tecnológica tareas mentales que antes hacíamos nosotros. Buscar un dato en internet en lugar de memorizarlo es un ejemplo inocente. Pero cuando delegamos el análisis, la redacción, la toma de decisiones e incluso la opinión, la cosa cambia de dimensión.
El experto no desaparece, se multiplica
Ahora bien, el mensaje de este artículo no es que la IA sea peligrosa ni que haya que frenar su adopción. Todo lo contrario. El mensaje es que la inteligencia artificial es una herramienta extraordinaria precisamente cuando detrás hay un criterio humano sólido. Un abogado que usa la IA para redactar un primer borrador de contrato y luego lo ajusta con su conocimiento del caso es más competitivo que nunca. Pero un abogado que envía el borrador sin leerlo ha dejado de ejercer de abogado.
Pasa lo mismo en cualquier ámbito. Un contable que usa la IA para detectar anomalías en las cuentas y luego interpreta los resultados con su experiencia es imparable. Un comerciante que automatiza las respuestas a los clientes y luego supervisa que el tono y la información sean correctos ofrece un servicio mejor con menos esfuerzo. La IA amplifica el criterio del experto. Lo que no puede hacer es crearlo de cero.
El riesgo de hablar como una máquina
Ruiz señala otro fenómeno que pocos mencionan: la inversión del proceso lingüístico. Durante años hemos dicho que la IA aprende a escribir analizando cómo escribimos nosotros. Pero cada vez es más evidente que el proceso se está invirtiendo. Si todos usamos las mismas herramientas para redactar, todos acabamos escribiendo igual. El mismo tono neutro, las mismas estructuras, la misma forma de decir las cosas. La diversidad del lenguaje, que es la diversidad del pensamiento, se va reduciendo sin que nos demos cuenta.
Para una empresa, esto tiene consecuencias. Si tu correo electrónico suena igual que el de la competencia, si tu propuesta comercial tiene el mismo tono que cualquier otra generada por IA, si tu contenido en redes sociales no se distingue del de miles de empresas, ¿dónde queda tu valor diferencial? La respuesta, paradójicamente, está en el factor humano. En la voz propia, en el criterio, en la capacidad de decir las cosas de una forma que ningún algoritmo va a replicar.
Una oportunidad para quienes piensan
Para las empresas andorranas, el mensaje es esperanzador. En un mercado pequeño, donde las relaciones personales, la confianza y el conocimiento del cliente pesan muchísimo, el criterio humano no es un coste: es el principal activo. La IA puede ayudar a escalar, a ser más eficiente, a llegar más lejos. Pero quien marca la diferencia sigue siendo la persona que sabe qué hacer con lo que la IA le da.
La mejor forma de prepararse para la era de la inteligencia artificial no es aprender a usar todas las herramientas. Es asegurarse de que no dejamos de entrenar lo que ninguna herramienta puede sustituir: el pensamiento propio.