El verano frenó la IA y no pasó nada

Eric Angermair

Siete semanas de un país a medio gas y ninguna víctima visible. La presión era falsa, pero la oportunidad sigue intacta: la IA premia a los constantes.

Este artículo se publicó originalmente, en catalán, en El Periòdic d'Andorra el 21 de agosto de 2026. Léelo en el diario.

«Ya lo miraremos en septiembre»

«Ya lo miraremos en septiembre.» Es probablemente la frase más repetida del país en las últimas semanas. Proyectos aplazados, presupuestos aparcados, decisiones pasadas a una reunión que todavía no tiene fecha. Y entre esos proyectos aplazados, en muchas empresas andorranas, había algo relacionado con la inteligencia artificial: una herramienta que había que probar, una formación que había que cerrar, un proceso que había que revisar. Ahora que volvemos a la rutina, la pregunta es qué ha costado exactamente ese aplazamiento. Y la respuesta honesta es que no ha costado nada medible. Ningún comercio del Principado ha perdido un cliente por no configurar un agente en agosto. Ningún despacho se ha quedado obsoleto por no comprar una licencia nueva en julio. Si hacemos caso al discurso de los últimos tres años, esto debería haber salido carísimo: cada semana cuenta, quien no se mueve se queda fuera. Siete semanas de un país funcionando a medio gas deberían haber dejado víctimas visibles. No hay ninguna.

La presión era falsa; la oportunidad, no

Conviene aclarar enseguida qué significa esto, porque hay dos conclusiones posibles y una es equivocada. La equivocada sería pensar que la inteligencia artificial estaba sobrevalorada y que ya podemos volver a lo nuestro. Nada lo sostiene: las herramientas funcionan, se abaratan cada mes y cada vez resuelven más trabajo real dentro de las empresas. La conclusión correcta es otra, y es mucho mejor noticia: la presión que sentíamos era falsa, pero la oportunidad sigue intacta. Aquí nadie ha perdido ningún tren este verano. Y si no se ha perdido ningún tren, septiembre no es una carrera para recuperar tiempo: es el mejor momento posible para empezar bien, con calma y con criterio, que es exactamente la única forma en que esto acaba funcionando.

El motivo de fondo es sencillo: el reloj que da miedo no es el reloj que cuenta. La industria de los modelos publica novedades cada semana, y una empresa no cambia su forma de trabajar cada semana. Un hotel de Canillo planifica por temporadas. Una gestoría de Escaldes se mueve por cierres y plazos administrativos. Un comercio de Andorra la Vella compra con meses de antelación. Ninguno de esos calendarios tiene nada que ver con el ritmo de anuncios de OpenAI, Anthropic o Google, e intentar seguirlo acaba costando dinero y credibilidad interna.

La brecha no la abre la prisa, la abre la constancia

Y ahora el dato del país, publicado precisamente en mitad de este verano tranquilo. El 13 de agosto, Andorra Digital presentó un estudio sobre 678 empresas andorranas: el 100% de las grandes afirma usar herramientas de inteligencia artificial, pero solo el 24% de las pequeñas. Tres de cada cuatro comercios, despachos y negocios familiares del Principado no usan ninguna.

La lectura habitual de esta cifra es la alarma. La mía es otra. El propio estudio da la clave: todas las grandes empresas tienen especialistas TIC, pero solo el 12% de las pequeñas los tiene. La diferencia, por tanto, no es de velocidad sino de dedicación. Las grandes no han ido más rápido: tienen a alguien que se ocupa de ello cada mes, no cada vez que sale una noticia. La brecha no la abre la prisa, la abre la constancia.

Vale la pena decir algo incómodo sobre el sector que rodea a la inteligencia artificial, y me incluyo: aquí se vende mucho mejor la prisa que el criterio. «Te estás quedando atrás» es un mensaje que funciona. «Esto te llevará dieciocho meses y tres procesos bien elegidos» no llena ninguna sala. Por eso circulan tantas propuestas que empiezan por el miedo y no por un problema concreto de la empresa que las recibe. Este es hoy el filtro más útil que hay: si una propuesta no es capaz de decir qué tarea concreta te ahorra y cuántas horas, todavía no es una propuesta.

Y las consecuencias de ir deprisa no son solo económicas. Cuando una empresa se ha estrellado dos veces con la inteligencia artificial, a la tercera ya no se acerca nadie, ni siquiera cuando la propuesta es buena. El equipo ha aprendido que eso no funciona. Recuperar esa confianza cuesta mucho más que el dinero de las licencias.

Lo que funciona es aburrido

Lo que funciona, en cambio, es aburrido y se explica en cuatro líneas. Se coge un proceso: el más repetitivo y el menos estratégico que haya sobre la mesa. La gestoría que cada mes reclama la misma documentación a doscientos clientes. El comercio que responde las mismas cincuenta preguntas cada temporada. Se ponen cuatro semanas, dos personas y una cifra concreta que medir: horas ahorradas, errores evitados o días de retraso menos. Si el número sale, se pasa al proceso siguiente. Si no sale, se cierra y se ha aprendido algo por muy poco dinero.

Y dos advertencias prácticas sobre ese primer proceso, porque es donde se decide si la experiencia será buena o mala. La primera: que no toque datos sensibles de clientes ni sistemas críticos de facturación. Para empezar, se elige algo aburrido, interno y sin riesgo. La segunda: que la persona que hace esa tarea cada día esté dentro del proyecto desde el primer momento. Los pilotos que fracasan no fracasan por la tecnología; fracasan porque se deciden en un despacho y se dejan caer sobre alguien que no los ha pedido.

La pregunta de septiembre

Que nadie lea todo esto como una excusa para no hacer nada, porque sería el error contrario y mucho más caro. Un verano sin proyectos no tiene consecuencias medibles. Tres años, sí. Y no se nota mientras pasa: no hay ningún día concreto en que una empresa se quede atrás. Simplemente, un día descubre que alguien de su sector hace en dos horas lo que ella hace en dos días, y esa distancia ya no se recupera en un trimestre por mucho presupuesto que se le eche.

Por eso la pregunta de septiembre no es «¿qué nos hemos perdido este verano?». Esa ya tiene respuesta: nada. La pregunta útil es más exigente y cuesta más responderla: ¿qué queremos que sea distinto en esta empresa dentro de dieciocho meses?

Si la respuesta es «queremos haber dejado de perder diez horas a la semana en trabajo administrativo que no aporta nada», ya hay un proyecto, un posible responsable y una forma de saber si funciona. Si la respuesta es «queremos probar la inteligencia artificial», todavía no hay nada. La IA no premia a los rápidos ni castiga a los lentos. Premia a los constantes, y eso es una muy buena noticia para el tamaño de empresa que tenemos aquí.

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